Soy católico:
- Porque se que Dios existe.
- Porque pienso que es correcto el razonamiento que me llevó a la conclusión de su existencia y al perfil aproximado de sus cualidades.
- Porque se que está en mi, en mi conciencia como parte fundamental de mi racionalidad.
- Porque deduzco que su venida al mundo terrenal es un acto de Dios de extrema bondad, culminación de un proceso de amor entendible de una manera parecida a esta interpretación que sigue y que la hago con humildad solo para ayudar a transmitir el pensamiento:
"Dado que el azar ha operado de tal modo que de lo ínfimo se ha formado un ser evolucionado, el hombre, quien ha llegado a notar mi presencia, y que esta ha sido suficiente para elevarlo de entre las especies, convirtiéndolo en racional, me haré presente en su mundo, como uno de sus miembros, en acto de amor pletórico de bondad, para enseñarle el camino que ahora ya puede entender, y así cambiar la simple presencia por un destino conmigo".
- Porque pienso que el mensaje de Jesús sintetiza los valores de la civilización que me cobija, que resume los principios y fundamentos que debo observar en las actitudes propias y en las relaciones con los demás.
- Porque es un camino idóneo para cultivar el contacto con el Dios de mi razón.
- Porque alienta lo mejor de mi.
- Porque después de conocer a Dios, en la medida en que esto puede suceder, y de haber vivido iluminado por Jesús siento una simbiosis de lo perfecto con lo perfectible, con el y en el, rendida la razón, sumiso el corazón.
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lunes, 20 de septiembre de 2010
Aspectos psicológicos en la religión
Aspectos psicológicos en la religión
La religión nos facilita explicaciones dogmáticas para comprender ideas conflictivas, inasimilables de otra manera, como la inmortalidad, la eternidad, algunas terribles como el infierno y otras, no tan inmateriales, pero penosas, resumidas en los males del mundo real. A cambio de la aceptación de sus términos nos ofrece la asistencia consoladora de un ser superior que nos ayuda a capear la adversidad, a aceptar la vida, lo cual no es mas que una forma de alivio psicológico frente a la impotencia.
La religión puede verse en un enfoque positivo cuando le da apoyo a la vida diaria proclamando la bondad del amor, la tolerancia, la igualdad, la aceptación, la solidaridad, aboga por la perfección personal, por las virtudes que facilitan la vida privada y la convivencia social. Pero el objetivo mas importante es la oferta de una vida ulterior trascendente, de calidad superior, vida que debemos merecerla y ganarla como individuos en lucha contra las imperfecciones propias. En la esperanza de alcanzar este objetivo de felicidad eterna cualquier sacrificio que se haga en la vida ordinaria es inconveniente pasajero.
A sus muchas actividades encomiables la religión ha sumado una práctica reprochable. Aludo al uso del miedo como arma de convencimiento. El miedo, que es una reacción natural ante lo desconocido, no es intrínseco al mensaje religioso pero los hombres encargados de propagarlo lo han utilizado, seguramente de buena fe, con intenciones finales positivas, pero de manera amenazante. Lo usan todavía en algunos lugares.
Psicológicamente el miedo es una reacción anímica automática del hombre inseguro ante la percepción de un peligro frecuentemente representado por lo desconocido, sea real o imaginado, o por lo conocido, precisamente por eso. Afecta decisivamente el comportamiento de las personas, causa consecuencias psicosomáticas llevando a la victima a la postración, en contadas ocasiones a la muerte.
En la historia de las religiones el miedo ha desempeñado un papel determinante. Sin duda es el factor que mas ha influido en las decisiones que tomaron los hombres sobre la existencia de "otros mundos" y en la aceptación de Dios. Hubo tiempos en que se unieron, en alianza criticable, el poder temporal de gobernantes y la autoridad religiosa logrando que el miedo a experiencias concretas se fundiera con horrores supuestos. El pobre hombre, amenazado en todos los campos debía someterse al Rey y a Dios, en un mismo acto de temor y vasallaje.
Los argumentos filosóficos clásicos para demostrar la existencia de Dios y del llamado "otro mundo", no significaron una alternativa. Han estado reducidos a una élite intelectual capaz de entender ideas complejas expresadas en un lenguaje sofisticado. No representaron una alternativa al miedo. El amor a Dios si, teóricamente. Fue y es una opción, pero hay que recordar que el amor como todo sentimiento nace y se nutre de la experiencia, constituyendo lo que se llama amor mundano; este otro, divino, no cuenta con esa base, es originado en una abstracción etérea y vaporosa, que pocos la desarrollan y ha sido mas una idealización que un motor colectivo de comportamiento.
La religión nos facilita explicaciones dogmáticas para comprender ideas conflictivas, inasimilables de otra manera, como la inmortalidad, la eternidad, algunas terribles como el infierno y otras, no tan inmateriales, pero penosas, resumidas en los males del mundo real. A cambio de la aceptación de sus términos nos ofrece la asistencia consoladora de un ser superior que nos ayuda a capear la adversidad, a aceptar la vida, lo cual no es mas que una forma de alivio psicológico frente a la impotencia.
La religión puede verse en un enfoque positivo cuando le da apoyo a la vida diaria proclamando la bondad del amor, la tolerancia, la igualdad, la aceptación, la solidaridad, aboga por la perfección personal, por las virtudes que facilitan la vida privada y la convivencia social. Pero el objetivo mas importante es la oferta de una vida ulterior trascendente, de calidad superior, vida que debemos merecerla y ganarla como individuos en lucha contra las imperfecciones propias. En la esperanza de alcanzar este objetivo de felicidad eterna cualquier sacrificio que se haga en la vida ordinaria es inconveniente pasajero.
A sus muchas actividades encomiables la religión ha sumado una práctica reprochable. Aludo al uso del miedo como arma de convencimiento. El miedo, que es una reacción natural ante lo desconocido, no es intrínseco al mensaje religioso pero los hombres encargados de propagarlo lo han utilizado, seguramente de buena fe, con intenciones finales positivas, pero de manera amenazante. Lo usan todavía en algunos lugares.
Psicológicamente el miedo es una reacción anímica automática del hombre inseguro ante la percepción de un peligro frecuentemente representado por lo desconocido, sea real o imaginado, o por lo conocido, precisamente por eso. Afecta decisivamente el comportamiento de las personas, causa consecuencias psicosomáticas llevando a la victima a la postración, en contadas ocasiones a la muerte.
En la historia de las religiones el miedo ha desempeñado un papel determinante. Sin duda es el factor que mas ha influido en las decisiones que tomaron los hombres sobre la existencia de "otros mundos" y en la aceptación de Dios. Hubo tiempos en que se unieron, en alianza criticable, el poder temporal de gobernantes y la autoridad religiosa logrando que el miedo a experiencias concretas se fundiera con horrores supuestos. El pobre hombre, amenazado en todos los campos debía someterse al Rey y a Dios, en un mismo acto de temor y vasallaje.
Los argumentos filosóficos clásicos para demostrar la existencia de Dios y del llamado "otro mundo", no significaron una alternativa. Han estado reducidos a una élite intelectual capaz de entender ideas complejas expresadas en un lenguaje sofisticado. No representaron una alternativa al miedo. El amor a Dios si, teóricamente. Fue y es una opción, pero hay que recordar que el amor como todo sentimiento nace y se nutre de la experiencia, constituyendo lo que se llama amor mundano; este otro, divino, no cuenta con esa base, es originado en una abstracción etérea y vaporosa, que pocos la desarrollan y ha sido mas una idealización que un motor colectivo de comportamiento.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Llegar a Dios por fe o por razón
La mayoría de los hombres deciden sobre la afiliación a una religión sin una razón específica, sin elaboración previa, en acto de simple aceptación. La tradición, la costumbre, la educación, el miedo influyen en una decisión que se toma sin mayor escrutinio, o se oponen a la religión por argumentos de modo, circunstancia o formas de concebir la vida.
En ambos casos las decisiones acusan un alto grado de irresponsabilidad para con el tema de mas trascendencia en la vida. La existencia o no de Dios, plasmada o no en una relación personal o religiosa es crucial para la decisión sobre el estilo de vida y para el futuro personal. Aceptarla o negarla sin bases es inadmisible en estos tiempos de sin igual desarrollo de la razón.
Algunas mentes juiciosas encuentran la fe como oprobiosa pues su carencia de racionalidad la hace inaceptable. Sin embargo pronto concluyen que la solución a los problemas de la vida no está en el simple creer o no creer, ya que a pesar de los esfuerzos subsisten interrogantes sin respuesta racional, que la religión de alguna manera explica, que, fuera de ella, permanecen latentes y, fundamentalmente, porque el hombre no ha encontrado soluciones inteligibles para explicar la naturaleza del mundo, ni para comprenderse a si mismo y a su propia naturaleza.
Negada la fe como opción aceptable, hay que buscar algún modo de entender el universo y la vida. Surge entonces la necesidad de discutir el tema razonadamente, para lo cual se ha de esclarecer como primer paso la existencia de Dios.
Si la respuesta que encontremos es afirmativa podemos aceptar o no una relación mediante el uso de nuestro libre albedrío. Si aceptamos a Dios, habrá que contar con el, pergeñar la relación, estudiar los límites de la relación. Pero si nuestra conclusión es que Dios no existe, si es a eso a lo que llegamos intelectualmente, tendremos que considerar que la religión se reduce a un gran placebo.
No son aceptables posiciones intermedias como la de aceptar la existencia de Dios pero negarle un vínculo. O la de considerar un Dios restringido a cualidades limitadas al estilo humano. Peor todavía admitir la existencia de un Dios despreocupado, indiferente. Si aceptamos como válida la idea de Dios debemos tratar de comprender lo que significa, hacer un esfuerzo para entenderlo, aunque sea por aproximación, en base a la proyección de cualidades humanas llevadas a la perfección. Ello nos hará ver que es inaceptable la figura de un Dios sujeto de pasiones, despreocupado, desleal.
La reflexión personal, el medio con que cuenta el hombre para dilucidar la existencia de Dios resulta insuficiente para una tarea tan compleja pues implica conocimientos y saberes de muchos órdenes en un mundo en el que se ha penetrado como nunca en los secretos de la naturaleza. Si se quiere que estos avances nos den pistas o caminos, no solo obstáculos como desgraciadamente esgrimen algunos medios, ha de apoyarse necesariamente en el esfuerzo de la comunidad, en especial de la científica. Allí juega un papel de primera línea la ciencia en sus funciones de recopiladora del saber y guía hacia el conocimiento verdadero.
La Física lleva la iniciativa cuando propone explicaciones para el origen del cosmos, la Neurología le sigue cuando devela parte del quehacer de la mente humana. Las dos avanzan a grandes pasos desarrollando aspectos accidentales, no logran adelantar en lo medular, van sin querer hacia callejones sin salida por la ausencia de nuevas teorías que señalen el camino. Estamos estancados desde principios del siglo pasado cuando se propusieron las últimas grandes ideas, vigentes hasta ahora, pero ya insuficientes.
La primera abrumada por un universo cuántico, lógicamente absurdo, impugna la causalidad sin dejar reemplazo convincente, nos deja en el limbo; la segunda, entretenida en el examen del cerebro, en la comunicación sináptica, en la ubicación de zonas especializadas, en su química y en el entendimiento de los complejos circuitos neuronales, apenas puede esgrimir como hazaña el descubrimiento de la plasticidad neuronal base del funcionamiento de la memoria animal, sin indicios de avanzar en la dirección de la reflexión. Las dos explican muchas cosas, deslumbrantes asuntos, pero no aportan a los temas trascendentales: el origen del universo y la racionalidad del hombre.
Por ello, aprovecho esta oportunidad, mi propia incertidumbre, para trabajar en la búsqueda de una respuesta satisfactoria que, una vez lograda, si esto sucede, espero sea clarificadora para otras personas.
En ambos casos las decisiones acusan un alto grado de irresponsabilidad para con el tema de mas trascendencia en la vida. La existencia o no de Dios, plasmada o no en una relación personal o religiosa es crucial para la decisión sobre el estilo de vida y para el futuro personal. Aceptarla o negarla sin bases es inadmisible en estos tiempos de sin igual desarrollo de la razón.
Algunas mentes juiciosas encuentran la fe como oprobiosa pues su carencia de racionalidad la hace inaceptable. Sin embargo pronto concluyen que la solución a los problemas de la vida no está en el simple creer o no creer, ya que a pesar de los esfuerzos subsisten interrogantes sin respuesta racional, que la religión de alguna manera explica, que, fuera de ella, permanecen latentes y, fundamentalmente, porque el hombre no ha encontrado soluciones inteligibles para explicar la naturaleza del mundo, ni para comprenderse a si mismo y a su propia naturaleza.
Negada la fe como opción aceptable, hay que buscar algún modo de entender el universo y la vida. Surge entonces la necesidad de discutir el tema razonadamente, para lo cual se ha de esclarecer como primer paso la existencia de Dios.
Si la respuesta que encontremos es afirmativa podemos aceptar o no una relación mediante el uso de nuestro libre albedrío. Si aceptamos a Dios, habrá que contar con el, pergeñar la relación, estudiar los límites de la relación. Pero si nuestra conclusión es que Dios no existe, si es a eso a lo que llegamos intelectualmente, tendremos que considerar que la religión se reduce a un gran placebo.
No son aceptables posiciones intermedias como la de aceptar la existencia de Dios pero negarle un vínculo. O la de considerar un Dios restringido a cualidades limitadas al estilo humano. Peor todavía admitir la existencia de un Dios despreocupado, indiferente. Si aceptamos como válida la idea de Dios debemos tratar de comprender lo que significa, hacer un esfuerzo para entenderlo, aunque sea por aproximación, en base a la proyección de cualidades humanas llevadas a la perfección. Ello nos hará ver que es inaceptable la figura de un Dios sujeto de pasiones, despreocupado, desleal.
La reflexión personal, el medio con que cuenta el hombre para dilucidar la existencia de Dios resulta insuficiente para una tarea tan compleja pues implica conocimientos y saberes de muchos órdenes en un mundo en el que se ha penetrado como nunca en los secretos de la naturaleza. Si se quiere que estos avances nos den pistas o caminos, no solo obstáculos como desgraciadamente esgrimen algunos medios, ha de apoyarse necesariamente en el esfuerzo de la comunidad, en especial de la científica. Allí juega un papel de primera línea la ciencia en sus funciones de recopiladora del saber y guía hacia el conocimiento verdadero.
La Física lleva la iniciativa cuando propone explicaciones para el origen del cosmos, la Neurología le sigue cuando devela parte del quehacer de la mente humana. Las dos avanzan a grandes pasos desarrollando aspectos accidentales, no logran adelantar en lo medular, van sin querer hacia callejones sin salida por la ausencia de nuevas teorías que señalen el camino. Estamos estancados desde principios del siglo pasado cuando se propusieron las últimas grandes ideas, vigentes hasta ahora, pero ya insuficientes.
La primera abrumada por un universo cuántico, lógicamente absurdo, impugna la causalidad sin dejar reemplazo convincente, nos deja en el limbo; la segunda, entretenida en el examen del cerebro, en la comunicación sináptica, en la ubicación de zonas especializadas, en su química y en el entendimiento de los complejos circuitos neuronales, apenas puede esgrimir como hazaña el descubrimiento de la plasticidad neuronal base del funcionamiento de la memoria animal, sin indicios de avanzar en la dirección de la reflexión. Las dos explican muchas cosas, deslumbrantes asuntos, pero no aportan a los temas trascendentales: el origen del universo y la racionalidad del hombre.
Por ello, aprovecho esta oportunidad, mi propia incertidumbre, para trabajar en la búsqueda de una respuesta satisfactoria que, una vez lograda, si esto sucede, espero sea clarificadora para otras personas.
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